En la Plaza de Las Cortes, las obras han sacado a la luz el antiguo pedestal de la estatua de Cervantes y en su interior se ha localizado una «cápsula del tiempo» que data de 1835. El miércoles podría abrirse la caja y desvelarse el misterioso contenido.
Los aledaños del Congreso se han convertido en un lugar inhóspito. Los madrileños que se acerquen por la zona, si no desaparecen antes en alguna de las trincheras abiertas por el Ayuntamiento, se toparán con un paisaje casi bélico. Los leones que custodian el Parlamento, enjaulados, invisibles, embalados en grandes cajones de madera, parece que aguarden al camión de la mudanza que les traslade a un destino mejor. Frente a ellos, en la Plaza de las Cortes, la estatua de Cervantes luce una figura más triste que nunca. Oculto a la vista. Forrado, cual fantasma, por decenas de metros de tela impermeable con la que intentan salvaguardarlo de los avatares de la faraónica obra que desde hace meses colapsa la Carrera de San Jerónimo (un nuevo aparcamiento subterráneo para el Congreso).
Hacen bien en preservar al bueno de Cervantes. No en vano se trata de una las más curiosas y valiosas joyas escultóricas de la Villa y Corte. Tallada y fundida por Antonio Solá (Barcelona, 1782-Roma, 1861) y erigida en el ya lejano año de 1835, casi en el mismo lugar en el que ahora se encuentra. De estilo neoclásico, con toques que anuncian el ya inminente romanticismo, se trata de la primera estatua instalada en las calles de Madrid dedicada a un escritor. Aún más, es la primera que en la Capital sirvió para homenajear a un personaje histórico no perteneciente al clero, la milicia o la realeza.
Una escultura que, ya que es temporalmente invisible, podemos analizar con la visión que un afamado estudioso y crítico, Salvador Betti, ofrecía en un reportaje de Antonio Díaz Cañabate publicado en ABC en 1952: «Tiene en la mano derecha un lío de papeles, muestra de un literato; la izquierda descansa sobre el puño de la espada, en prueba de su profesión militar y nobleza de sus antepasados y para ocultar la imperfección de esta mano, Solá ha tenido la singular idea de cubrirla con un pliegue de la capa...».
Contenido misterioso
Pero no es este el único tesoro que se oculta en el destrozado jardincillo de la plazuela. A pocos metros del momificado Cervantes, unos grandes bloques de piedras se han convertido en los guardianes del secreto mejor guardado en el último mes y medio en Madrid. Allí, a mediados de octubre, los movimientos de tierra que completaba una excavadora toparon con lo que a todas luces asemejaba el viejo pedestal de una estatua. Avisados, los arqueólogos de la obra determinaron que era la antigua base de la escultura de Cervantes que, en alguna pasada y olvidada modificación urbanística, fue cambiada de lugar apenas una veintena de metros. Su basamento primero quedó así oculto.
La gran sorpresa
Pero la gran sorpresa surgía en el interior del pedestal. Una loseta rectangular de unos 20x10 centímetros con una pequeña argolla en el centro invitaba a escrudiñar en el escondrijo. Al izar esta tapa se encontró una caja de granito y, como en un juego de muñecas rusas, dentro de ella una segunda arqueta de madera noble, ésta muy deteriorada, atacada por humedades y xilófagos (carcomas y otros bichejos aficionados a este material), y que, a su vez, albergaba un tercer recipiente. en esta oportunidad de plomo, herméticamente cerrado y sellado. Se trataba de un inesperado y asombroso legado del pasado. Un apasionante salto atrás hasta 1835. Lo que en la actualidad desde más o menos los años sesenta del siglo XX se denomina «cápsula del tiempo» y que entonces, en el primer tercio del XIX, no era más que la primera piedra. Sin embargo, desde unos años antes había empezado en Inglaterra y Francia la costumbre de incluir en esa losa fundacional algún recuerdo o mensaje para la posteridad.
Creen los especialistas que, muy probablemente, se encuentran ante una de las primeras, sino la primera, «cápsula del tiempo» instalada en nuestro país. Y, en la misma medida, valoran que bien pudiera ser también la primera ocasión, al menos en Madrid, en la que se localiza y se abra una de estas misivas de nuestros antepasados.
Pero qué contiene esta misteriosa caja. Esta cuestión se ha convertido en el gran asunto de especulación en los pasillos y recovecos de Las Cortes y entre aquellos, muy pocos, que conocen la existencia del tesorillo. Localizada la cápsula fueron advertidos los responsables de las obras en el Congreso y en el Ayuntamiento. Asimismo, de acuerdo con el protocolo, se informó a la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad, que decidió que se protegiera el hallazgo con geotextil, una tela impermeable blanca. Se volviera a enterrar y que no se abriera la «cápsula» hasta que no se decretase qué especialistas se podían encargar de la cuestión. Se inició así, hace aproximadamente un mes, un concurso para designar a los restauradores encargados. Ya se conoce quienes serán los responsables de limpiar y preservar el contenido. Y se sabe también que el miércoles, o a lo más tardar el jueves, seguramente en presencia de algún representante consistorial —se rumorea que podría acercarse el mismo alcalde—, y del Congreso, tal vez Bono, se procederá a la extracción de la caja y, tal vez, si los técnicos lo permiten, a lo que llaman la «apertura técnica» del tesoro.
Descubrimiento intacto
Aseguran que nadie conoce lo que esconde. Que el descubrimiento ha permanecido intacto, tal cual como el día en que se realizó y, desde entonces, cubierto y sepultado. Tampoco existen antecedentes que aporten una idea aproximada de lo que se puede encontrar. En la primera cápsula del tiempo conocida con ese nombre, la que se sepultó en los cimientos de la que luego sería la Exposición Universal de Nueva York se incluyeron objetos de uso cotidiano como una bobina de hilo, una muñeca y otros como un frasco de semillas o un microscopio. Cualquiera sabe, pero no tiene porque ser muy distinto lo que nuestros ancestros decidieran introducir. Pudiera ser un Quijote de la época, unas monedas, un viejo periódico o, teniendo en cuenta de que en ese periodo reinaba en España la regente María Cristina de Borbón, bien cabría la posibilidad de que se hallara en su interior algún recuerdo de su difunto esposo, Fernando VII, fallecido dos años antes.